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MI ADMIRACIÓN POR VELAZQUEZ POR EUGENIO HERMOSO

 
Ya en los días del pasado siglo, en que me hallaba yo en Sevilla y se celebraba el centenario del nacimiento de Velázquez, anhelaba yo venir a Madrid para conocer y estudiar su obra.
 
Vine en 1901 e inmediatamente emprendí una serie de estudios de cabezas, empezando por la de Felipe IV, anciano, que copié dos veces; y allí, en la famosa Sala recién inaugurada y decorada con pinturas modernistas como las que tenía el salón de sesiones del Ateneo, conocí a dos pintores de mi generación: López Mezquita y Anselmo Miguel Nieto, que copiaban, el uno, La adoración de los Reyes, y el otro, La fragua de Vulcano, porque por aquellas calendas aún se creía en la eficacia de copiar, como estudio y disciplina, las obras maestras de los antiguos pintores.

Al tratar de Velázquez hay que nombrar necesariamente a Francisco Pacheco, su maestro definitivo y suegro, pintor y sabio historiador de arte y preceptista muy versado en procedimientos técnicos.
 
Indudablemente, Pacheco fue un gran maestro. Supo insuflar en el ánimo de su discípulo un amor tan vehemente al pasado clásico que se notaba en sus primeras obras, concretándose en el busto retrato con armadura de Felipe IV, joven, por ejemplo; cosa que ya advertí yo desde el principio que estudiaba sus obras a la vez que las esculturas griegas en el Casón. ¡Cuidado con el Casón, artistas!...