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VELAZQUEZ EL PROFANO - MARÍA ZAMBRANO


Aunque recibe su influencia, la postura que muestra María Zambrano ante Velázquez dista de la de Ortega y Gasset. No obstante hay que decir que, como su maestro, también ella opinaba que el pintor constituía un caso excepcional en el conjunto de la pintura española, liderada, en su caso, por un artista más desconocido y de talante distinto, Francisco de Zurbarán. Se trata de un pintor que había cautivado a Zambrano desde joven, como lo demuestran los bellos párrafos que a él dedicó en su novela autobiográfica "Delirio y Destino".
 
A Velázquez, por el contrario, la pensadora nunca consagró ningún texto íntegro, pero sí múltiples pinceladas, dejadas caer aquí y allá, que pueden ser reunidas e interpretadas conjuntamente. Salta a la vista que todas ellas están mediatizadas por la lectura que la filósofa hizo de la obra de Zurbarán. Se puede decir por eso que es este artista el que le facilita los medios de interpretación y valoración del creador de Las Meninas, lo que quiere decir que, a la hora de analizarlo, hemos de repasar primero lo que la pensadora escribió sobre aquel otro pintor.
 

ORTEGA Y GASSET: VELÁZQUEZ O EL HACEDOR DE FANTASMAS


José Ortega y Gasset había prestado atención a Velázquez desde que era joven. En 1916, resaltaba sobre todo el vertiginoso ascenso que su fama había experimentado entre los ingleses y franceses desde la segunda mitad del siglo XIX.
 
Ortega se quejaba de la displicencia que, por el contrario, los españoles habían mostrado tradicionalmente por el artista. De hecho, había tenido que ser el pintor francés Édouard Manet el que nos enseñara a apreciar su pintura y, especialmente, su modernidad impresionista, confirmando así que todo estilo artístico prolongaba en uno u otro sentido el arte del pasado. En aquellos primeros años, Ortega parecía aplicar a Velázquez el famoso dicho de que nadie es profeta en su tierra, al tiempo que restituía con ello la admiración robada durante siglos al excepcional artista sevillano.

LAS MENINAS Y VELÁZQUEZ


En 1656, Diego Velázquez concluyó el gigantesco lienzo, de 3,18 metros de alto y 2,76 de ancho, que hoy conocemos como Las Meninas.
 
El pintor debió de haberlo iniciado en el otoño de 1655, pues la relación entre la luz que entra por las ventanas y las sombras parece indicar esta estación del año.
 
Velázquez no firmó el cuadro. No solía hacerlo, pero en este caso habría sido absolutamente innecesario. Su tamaño, a escala natural, la presencia de un autorretrato del pintor, el hecho de que estuviera destinado al privadísimo despacho de verano del rey, localizado al fondo del sótano del antiguo Alcázar, donde el único que lo contemplaría sería Felipe IV, y el estilo en el que estaba realizado (entre el retrato y la pincelada suelta) hacían de Las Meninas una pintura excepcional que sólo podía ser obra del pintor de cámara de Felipe IV.

La obra constituyó una especie de cuadro «secreto» y en cierto sentido un escándalo; nadie habló de Las Meninas hasta que en 1696 el portugués Félix da Costa, que lo había visto hacia 1662, lo describió en su "Antiguidade da arte da pintura", donde lo criticaba por considerarlo «más un autorretrato de Velázquez que un retrato de la emperatriz (la infanta Margarita)».
 
Hacia 1700, el pintor cortesano Luca Giordano lo elogió como «la teología de la pintura». Más tarde, el pintor y teórico Antonio Palomino, en su Parnaso español (un libro de 1724 que incluía una larga biografía del pintor sevillano), nos dejó la más exacta relación del cuadro que ha llegado hasta nosotros e identificó a sus personajes: la infanta doña Margarita María de Austria y sus aristocráticas damas o meninas, doña María Agustina Sarmiento y doña Isabel de Velasco; el enano y ayuda de cámara Nicolasito Pertusato y la enana Mari Bárbola; doña Marcela de Ulloa, señora de honor de las damas de la reina, junto a un anónimo guarda damas, y el propio Velázquez, que aparece trabajando ante un gran lienzo cuya cara se nos oculta.