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¡VIVA VELÁZQUEZ! POR RICARDO GULLÓN

 
Bajo el título «Papeles sobre Velázquez y Goya», don José Ortega y Gasset reunió en volumen varios trabajos de distinta traza, que al plantear desde nuevos puntos de vista los temas tratados, ensanchan su ámbito.

El problema Velázquez está vivo e hiriente en la historia de nuestra cultura. Testimonio de cuán torpemente viene siendo estudiado lo deparan esos vigilantes celtíberos que, esgrimiendo su Velázquez como un hisopo, gesticulan frenéticos frente a cualquier tentativa innovadora. Hecho grave que obliga a preguntar ¿Por qué extraño cúmulo de errores y malas interpretaciones la figura de Velázquez puede ser entendida como la de un artista regresivo y hostil a la invención? A deshacer algunos de esos arraigados errores, de esas inveteradas patrañas, llega, cuando más falta hacía, el libro de Ortega.

Cuando más falta hacía, sí; pues en estos años asistimos en España a un nuevo abril de las artes plásticas, primavera dulce de promesas que pasa inadvertida para muchos, pero que ahí vibra, presagiando horas de madurez y cosecha. Y como otras veces, contra ese renuevo se movilizan aguerridas huestes utilizando el nombre y la obra de Velázquez a modo de poderosa máquina de guerra. La oposición Velázquez-arte actual, tan de mala fe establecida, la rechazan vigorosamente los artistas actuales, que se piensan tanto más velazqueños cuanto mejor cumplen la lección inventora y descubridora patente en la obra del genial andaluz. Porque buscan y encuentran, porque no se limitan a fotografiar la realidad, porque intentan hacer de cada cuadro una creación, los novadores están en línea (en la misma línea) con el pintor de «Las Meninas», y el grito de ¡Viva Velázquez! bien pudiera ser el significado santo y seña de su compañía.
 

MI ADMIRACIÓN POR VELAZQUEZ POR EUGENIO HERMOSO

 
Ya en los días del pasado siglo, en que me hallaba yo en Sevilla y se celebraba el centenario del nacimiento de Velázquez, anhelaba yo venir a Madrid para conocer y estudiar su obra.
 
Vine en 1901 e inmediatamente emprendí una serie de estudios de cabezas, empezando por la de Felipe IV, anciano, que copié dos veces; y allí, en la famosa Sala recién inaugurada y decorada con pinturas modernistas como las que tenía el salón de sesiones del Ateneo, conocí a dos pintores de mi generación: López Mezquita y Anselmo Miguel Nieto, que copiaban, el uno, La adoración de los Reyes, y el otro, La fragua de Vulcano, porque por aquellas calendas aún se creía en la eficacia de copiar, como estudio y disciplina, las obras maestras de los antiguos pintores.

Al tratar de Velázquez hay que nombrar necesariamente a Francisco Pacheco, su maestro definitivo y suegro, pintor y sabio historiador de arte y preceptista muy versado en procedimientos técnicos.
 
Indudablemente, Pacheco fue un gran maestro. Supo insuflar en el ánimo de su discípulo un amor tan vehemente al pasado clásico que se notaba en sus primeras obras, concretándose en el busto retrato con armadura de Felipe IV, joven, por ejemplo; cosa que ya advertí yo desde el principio que estudiaba sus obras a la vez que las esculturas griegas en el Casón. ¡Cuidado con el Casón, artistas!...