La carrera vital de Don Diego de Silva Velázquez coincide con un periodo muy definido de la historia de España. Nace en 1599, un año después de la muerte de Felipe II. Aunque los síntomas de declive del Imperio hispánico se hacían ya patentes, aún era, con gran diferencia, la potencia más grande y más temida. Muere en 1660, un año después de que la Paz de los Pirineos consagrara la transferencia de la hegemonía europea a la Francia de Luis XIV. Durante esos sesenta y un años ocurrieron en toda Europa infinidad de avatares, en general de signo adverso, que configuraron el siglo XVII como "Siglo de Hierro". Hubo guerras desastrosas, rebeliones sangrientas, mortandades que espantaron a los contemporáneos, y un hecho insólito que llenó de consternación y asombro a una sociedad educada en el respeto casi religioso a la institución monárquica: la muerte de un rey en el cadalso.
Aquella Europa tenía contornos indecisos; la extremidad septentrional era casi terra ignota, el Mediterráneo, que formaba la frontera sur estaba en gran parte en poder de turcos y berberiscos, y las costas de las naciones cristianas vivían bajo la constante amenaza de los piratas. Las mayores incertidumbres estaban en el Este; no se consideraba europeo el Imperio otomano, que entonces llegaba hasta las puertas de Viena. Bohemia y Polonia, estaban firmemente adscritas a la cultura occidental, mientras que el espacio de la inmensa Rusia, por su atraso, su lejanía y su religión ortodoxa era un mundo aparte con el que se mantenían pocos contactos. Una Europa, en suma, bastante más pequeña que la actual, aunque al oeste, se extendía, como una promesa, América, en vías de colonización y desarrollo.
No sólo era Europa más pequeña, sino internamente dividida por oposiciones políticas y religiosas: las viejas monarquías unificadas (España, Francia, Inglaterra) se disputaban, el predominio sobre los pequeños estados italianos y alemanes que no habían conseguido su unidad. Y junto a estas rivalidades políticas estaban otras, religiosas, que a principios del siglo XVII parecían en vías de apaciguamiento, pero luego estallaron con furia incontenible. La combinación de estos dos factores produjo extrañas alianzas, como pudo verse en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) que desde sus orígenes religiosos derivó cada vez más hacia un conflicto político, y terminó con un triunfo protestante gracias a la intervención de Francia, potencia católica.
Lo que nos llena de sorpresa y admiración es que una Europa tan afligida por toda clase de desastres fuera capaz de desarrollar tal potencia creativa, porque la época de Velázquez fue también la de Rembrandt, Bernini, Pascal, Galileo, Monteverdi y otros muchos genios de la Ciencia, el Arte y la Literatura. En la cultura española se registró, sin embargo, una asimetría significativa; a pesar de la profunda crisis interna, al morir Velázquez todavía las artes plásticas mantenían un nivel muy alto, mientras la creación literaria, muy brillante en la primera mitad del siglo, iniciaba un descenso profundo. Sin embargo, el fallo capital de la cultura española estuvo en la incapacidad de contribuir al nacimiento de la ciencia moderna; cuando la Economía y el Arte militar estaban entrando en un proceso de racionalización que requería una elevada preparación científica, esta deficiencia agravó el efecto de otros factores negativos, ya materiales, como la escasa densidad de población, ya espirituales: intolerancia religiosa, culto exagerado al honor, desprecio de los oficios manuales, que si no eran exclusivos de España, adquirieron en ella especial gravedad.
Mucha parte de la culpa se ha achacado a la incomunicación, lo que no deja de ser paradójico teniendo en cuenta que España era el centro de un vasto imperio, con extensas relaciones internacionales. Especialmente intensas eran estas relaciones con Francia, tanto a nivel oficial como popular y literario; la tercera mujer de Felipe II fue una princesa de la Casa Real de Francia, Isabel de Valois. A comienzos del siglo XVII, verificada ya la suplantación de los Valois por los Borbones, se concertó el doble enlace del futuro Luis XIII con Ana de Austria, hermana de Felipe III de España, y del hijo de éste (el futuro rey Felipe IV) con Isabel de Francia. Estos lazos familiares no impidieron que, por razones de Estado,las relaciones entre ambas monarquías sufrieran un progresivo deterioro hasta llegar a una confrontación abierta.
Pero las frecuentes guerras entre Francia y España no impidieron que se desarrollara un sentimiento de estimación mutua, que la lengua castellana fuera cultivada en Francia ("ni hombre ni mujer deja de aprenderla", escribió, con notoria exageración Cervantes en el Persiles) y que los grandes autores españoles del Siglo de Oro, tales como Guevara, fray Luis de Granada, Cervantes, y Lope, tuvieran allí muchos lectores. En 1635, en el París amenazado de cerca por las tropas españolas, el público llenaba el teatro donde se representaba un drama de asunto netamente castellano: El Cid, de Corneille. Estas complejas relaciones amor-odio también tuvieron su reflejo en la vida económica. Hubo una intensa emigración de franceses a España; llegaban desde las regiones más pobres atraídos por los altos salarios a colmar el vado dejado por la expulsión de los moriscos; muchos de ellos se dedicaban a los oficios más humildes; probablemente el modelo de El aguador de Sevilla, obra de juventud de Velázquez, fue uno de estos franceses emigrados de Auvernia o de los Pirineos. Pero también llegaban mercaderes que se introdujeron en el tráfico de Indias, o bien se abrieron paso en varios ramos del comercio interior. Se sabe que una parte de las librerías de Madrid era propiedad de franceses, lo que no tiene nada de extraño, porque París y Lyon eran ciudades donde se imprimían gran cantidad de libros españoles. Para estos hombres, cada ruptura de hostilidades entre España y Francia era una amenaza tanto para su negocio como para sus personas.
Aquella Europa tenía contornos indecisos; la extremidad septentrional era casi terra ignota, el Mediterráneo, que formaba la frontera sur estaba en gran parte en poder de turcos y berberiscos, y las costas de las naciones cristianas vivían bajo la constante amenaza de los piratas. Las mayores incertidumbres estaban en el Este; no se consideraba europeo el Imperio otomano, que entonces llegaba hasta las puertas de Viena. Bohemia y Polonia, estaban firmemente adscritas a la cultura occidental, mientras que el espacio de la inmensa Rusia, por su atraso, su lejanía y su religión ortodoxa era un mundo aparte con el que se mantenían pocos contactos. Una Europa, en suma, bastante más pequeña que la actual, aunque al oeste, se extendía, como una promesa, América, en vías de colonización y desarrollo.
No sólo era Europa más pequeña, sino internamente dividida por oposiciones políticas y religiosas: las viejas monarquías unificadas (España, Francia, Inglaterra) se disputaban, el predominio sobre los pequeños estados italianos y alemanes que no habían conseguido su unidad. Y junto a estas rivalidades políticas estaban otras, religiosas, que a principios del siglo XVII parecían en vías de apaciguamiento, pero luego estallaron con furia incontenible. La combinación de estos dos factores produjo extrañas alianzas, como pudo verse en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) que desde sus orígenes religiosos derivó cada vez más hacia un conflicto político, y terminó con un triunfo protestante gracias a la intervención de Francia, potencia católica.
Lo que nos llena de sorpresa y admiración es que una Europa tan afligida por toda clase de desastres fuera capaz de desarrollar tal potencia creativa, porque la época de Velázquez fue también la de Rembrandt, Bernini, Pascal, Galileo, Monteverdi y otros muchos genios de la Ciencia, el Arte y la Literatura. En la cultura española se registró, sin embargo, una asimetría significativa; a pesar de la profunda crisis interna, al morir Velázquez todavía las artes plásticas mantenían un nivel muy alto, mientras la creación literaria, muy brillante en la primera mitad del siglo, iniciaba un descenso profundo. Sin embargo, el fallo capital de la cultura española estuvo en la incapacidad de contribuir al nacimiento de la ciencia moderna; cuando la Economía y el Arte militar estaban entrando en un proceso de racionalización que requería una elevada preparación científica, esta deficiencia agravó el efecto de otros factores negativos, ya materiales, como la escasa densidad de población, ya espirituales: intolerancia religiosa, culto exagerado al honor, desprecio de los oficios manuales, que si no eran exclusivos de España, adquirieron en ella especial gravedad.
Mucha parte de la culpa se ha achacado a la incomunicación, lo que no deja de ser paradójico teniendo en cuenta que España era el centro de un vasto imperio, con extensas relaciones internacionales. Especialmente intensas eran estas relaciones con Francia, tanto a nivel oficial como popular y literario; la tercera mujer de Felipe II fue una princesa de la Casa Real de Francia, Isabel de Valois. A comienzos del siglo XVII, verificada ya la suplantación de los Valois por los Borbones, se concertó el doble enlace del futuro Luis XIII con Ana de Austria, hermana de Felipe III de España, y del hijo de éste (el futuro rey Felipe IV) con Isabel de Francia. Estos lazos familiares no impidieron que, por razones de Estado,las relaciones entre ambas monarquías sufrieran un progresivo deterioro hasta llegar a una confrontación abierta.
Pero las frecuentes guerras entre Francia y España no impidieron que se desarrollara un sentimiento de estimación mutua, que la lengua castellana fuera cultivada en Francia ("ni hombre ni mujer deja de aprenderla", escribió, con notoria exageración Cervantes en el Persiles) y que los grandes autores españoles del Siglo de Oro, tales como Guevara, fray Luis de Granada, Cervantes, y Lope, tuvieran allí muchos lectores. En 1635, en el París amenazado de cerca por las tropas españolas, el público llenaba el teatro donde se representaba un drama de asunto netamente castellano: El Cid, de Corneille. Estas complejas relaciones amor-odio también tuvieron su reflejo en la vida económica. Hubo una intensa emigración de franceses a España; llegaban desde las regiones más pobres atraídos por los altos salarios a colmar el vado dejado por la expulsión de los moriscos; muchos de ellos se dedicaban a los oficios más humildes; probablemente el modelo de El aguador de Sevilla, obra de juventud de Velázquez, fue uno de estos franceses emigrados de Auvernia o de los Pirineos. Pero también llegaban mercaderes que se introdujeron en el tráfico de Indias, o bien se abrieron paso en varios ramos del comercio interior. Se sabe que una parte de las librerías de Madrid era propiedad de franceses, lo que no tiene nada de extraño, porque París y Lyon eran ciudades donde se imprimían gran cantidad de libros españoles. Para estos hombres, cada ruptura de hostilidades entre España y Francia era una amenaza tanto para su negocio como para sus personas.
